Un poeta llamado Neruda y un barco llamado Winnipeg

Cuando escribí esta historia nunca hubiera imaginado que Chile sería y durante unos cuantos años, mi país de recalada, como aquellos exiliados republicanos que llegaron de España huyendo de la guerra. La escribí cuando en mi pasaporte no tenía como sello ninguno de los países del otro lado del charco. De esta manera recojo un hecho tal vez poco conocida en lal historia de España, un final emotivo de la guerra civil.

La mejor sonrisa del mundo

En febrero del 2018 fui a Santo Domingo, República Dominicana, porque iban a ofrecerme un trabajo como editor. Al final no resultó, quizás no era tan buen periodista como creía que era. Además, la verdad es que con Hernán nos dedicamos más a la noche dominicana que al periodismo.
Pero hubo un momento en que ocurrió esto y pude ver la mejor sonrisa del mundo. En ese entonces aún creía que podía cambiarlo todo con palabras. Hoy sólo espero que me salven, que no es menor.

Un cliché que me gusta mucho

Estados Unidos es la tierra de las oportunidades, y un día me llegó la oportunidad de trabajar. La paga, el triple de lo que esperaba. La acepté y, como buen latino, me vi llegando en una camioneta llena de herramientas de jardín a la casa más grande que he estado en mi vida: dos pisos, madera de roble (o eso creo), 10 habitaciones, vista a un lago en el que está prohibido el uso de botes a motor.

Trabajar en una fonda: un anticucho llamado Chile

La primera vez que estuve en la parrilla de una fonda era universitario. En ese tiempo también trabajaba en una liga de futbolito escribiendo las reseñas de los partidos, y uno de los jugadores se ponía con una fonda en el Estadio Nacional. Cuando me ofreció la pega, le dije que sí al tiro. En cuatro o cinco días, las lucas son buenas. 25 ó 30 por día. Ese fue el 18 de los cinco días seguidos. Y quedé reventado. Al final del último día, dije por primera vez que nunca más trabajo en una fonda.